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lunes, 26 de enero de 2015

Clamar sin perder la esperanza



Salmos 69:3  Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios.

En muchas oportunidades, nuestras fuerzas se debilitaron, nuestra esperanza desfalleció, al no tener respuestas –como las que esperamos inmediatas- nuestra fe está tambaleante, nuestro semblante por último muestra una imagen deprimente.

Todo esto solo por haber orado para pedir al Señor una respuesta urgente y no haber tenido lo que queríamos.

David estaba siendo objeto de un odio prolongado que ponía en peligro su vida. Ese odio denigraba a los buenos de la tierra, lo había enemistado con su familia, hacía de su profesión religiosa motivo de burla, le hacía pensar que el Señor se había apartado de él, lo sumía en la congoja y lo había dejado sin amigos. El comentario público era que se había envuelto en alguna práctica ilegal (¿financiera?) pero la razón secreta era su devoción al Señor y a la casa del Señor; en realidad, Dios mismo era el objeto del ataque. El Salmo fue escrito no habiendo sido resuelta la crisis.

Ninguna situación documentada de la vida de David concuerda con esto, pero es más fácil insertarlo con acierto en la historia de él que tratar de componer un libreto para otra persona en otra época. David estaba ocupadísimo con planes y los recursos financieros para el templo. La riqueza produce envidia, y pueden haber surgido los que sentían que las necesidades de los pobres y otros intereses nacionales estaban sufriendo por lo que parecía una obsesión del rey.

Las acusaciones de malversación de fondos serían fáciles de hacerse y no siempre fáciles de rebatirse, produciendo la ruina de su reputación, como el Salmo sugiere. Este es el Salmo citado con más frecuencia en el NT, principalmente por el Señor Jesús.

Oración describiendo la crisis mortal. Las metáforas de ahogarse, arenas movedizas
e inundaciones incontrolables describen la siniestra realidad de la situación. Hace tanto tiempo que la oración no recibe contestación que la voz y los ojos están agotados mientras que innumerables personas y muchos enemigos, sin justificación, tienen suficiente influencia como para tomar medidas que lo obliguen a restituir lo que no había robado.

Los que necesitan protección. Culpa se refiere específicamente a situaciones en que se cometió un delito que requería una restitución al agraviado. Cuando el Señor examine a David encontrará insensatez (“tontería”) en ceder a la presión y haciendo restitución por algo en lo que él no encontrará culpa. Porque David ha actuado como si fuera culpable, creó un antecedente que podría generar la crítica contra todos los que vivían por fe y practicaban la presencia de Dios. Porque el pueblo de Dios es un solo cuerpo, cuando quieren embarrar a uno de sus miembros, el barro se pega también a los demás. En cuanto al propio David, había perdido el amor de su familia, fácil de imaginar en el escenario descrito anteriormente: ¿pensaban que su hermano, ahora rico, debía ser generoso con ellos? Pero también la práctica de su religión auténtica y reputación personal fueron motivo de desprecio; en la mente de los importantes miembros de la sociedad, los que se sentaban en el tribunal y en los cantos de los borrachos. Y todo sucedía sin justificación, pues a él no lo motivaba otra cosa que no fuera su devoción.

Oración apelando al carácter de Dios. Nótese cómo aparecen las mismas metáforas (agua, arenas movedizas, inundaciones), al igual que los que le aborrecen. Pero ahora el grito singular del v. 1 se convierte en una apelación sostenida, empezando con su buena voluntad (aceptación) bondad (comprometida, que no cambia) y la verdad de tu salvación (13) y terminando con su buena… misericordia (que no cambia) e inmensa compasión.

Es la impresionante lógica del juicio divino. Antes de criticar una oración como ésta tenemos primero que encontrarnos en un sufrimiento similar. También debemos preguntarnos si nuestro sentido moral —particularmente nuestro sentido de agravio moral— es lo suficientemente agudo como para que estemos seguros sobre cuál es la manera correcta o incorrecta de orar. También debemos preguntarnos si una oración como ésta concuerda con el pensamiento de Cristo, porque mucho en este Salmo nos ha colocado cara a cara con sus sufrimientos y su reacción fue orar que los que lo atormentaban fueran perdonados. Seguramente éste es ahora el único modo de orar.

Pero hay algo más para tener en cuenta: el propio Señor Jesús pronunció terribles “maldiciones” (Mat. 23:13–36); se imaginó a sí mismo diciendo: “Apartaos de mí, malditos” (Mat. 25:41); el día vendrá cuando todos huirán de la ira del Cordero; él estará presente cuando los libros sean abiertos: y en aquel día no habrá oración pidiendo perdón, sólo la justicia divina aplicada eternamente. O sea, que existe tal cosa como pura ira y, aquí, en alguien que anhela justicia, el AT refleja ese aspecto del carácter de Cristo.

La oración se convierte en alabanza. Mientras el dolor (dolorido) persista, también persistirá la alabanza (alabaré), complaciendo a Dios, dando un testimonio alentador, basado en la seguridad de que la oración será contestada y merecedora de convertirse en el canto de toda la creación, porque, cuando pase la presente aflicción, la estabilidad volverá a la tierra para los que aman su nombre.